Desandando por el barrio

Alfonso Caraballo

Una cuadra antes de llegar a mi casa noté sobre la calzada algunas gotitas de sangre que al parecer estaban frescas. A mí la sangre fresca siempre me ha parecido aterradora y mucho más si después de unas gotas aparecen manchas más grandes que luego se transforman en un hilo continuo como uno de esos cables del tendido eléctrico. Como esa sangre seguía la misma ruta que me llevaba a mi casa no me quedó otra opción que seguir atento su rastro, mientras sentía,  con cada paso que daba, crecer dentro de mi pecho una gran angustia.


Al pasar frente a la pollera de Ana puede constatar que como siempre todo estaba igual: ella esperaba sentada en su vieja silla de guano, bebiendo una gran cerveza,  al camión que después de inundar la calle con el pestilente olor de sus pollos vivos, descargaría en su negocio las aves que vendería al día siguiente, debidamente muertas.

Proseguí mi camino hasta pasar por el kiosco y percatarme de que hoy las portadas de los pocos periódicos que quedaban se parecían a las de ayer y a las de antes de ayer y a las de hace diez años. En la portada roja de una revista de farándula aparecía una foto de Julio Iglesias con un micrófono en la mano, la mirada sumergida en la estratosfera de alguna canción amorosa y un titular que pregonaba la supremacía artística planetaria del astro español.

Cuando volví a mirar a la calzada vi de nuevo el hilo de sangre, haciendo un semicírculo frente al promontorio de metales y cachivaches que bloqueaban el paso de los transeúntes, obligándolos a bajar a la calle para proseguir su camino.

Llegado a este punto fue cuando me percaté de algo extraño: solo yo me fijaba en aquel hilo de sangre, mientras todos los demás continuaban sumergidos en sus tareas cotidianas, tan indiferentes y felices, o infelices, como siempre.

Al pasar frente al colmado La Matica me enervó la misma música que a esta misma hora, todos los días,  soltaba su estridencia y que me hace desear mudarme pronto de aquí, antes de que la desesperación me lleve a arrojarle una bomba molotov a  las malditas bocinas que vomitan en la misma sala de mi casa la misma mierda de música de siempre.

Con la rabia y la curiosidad alternando en mi entrecejo  vuelvo a concentrarme  en mi hilillo de sangre que se prolongaba en medio de la indiferencia de todo el barrio hasta el  frente de mi casa, si, justo al frente de mi casa, al ras de su puerta cerrada. Ya presa del terror me aproximo al umbral  y  al ver el manubrio ensangrentado siento que el vértigo me nubla la mente.

Trato de serenarme. Trato de analizar fríamente los hechos. A juzgar por el rastro de sangre una persona gravemente herida recorrió una gran distancia hasta mi casa y trató de entrar.  Lo extraño es que la puerta está cerrada y el rastro de sangre parece detenerse aquí. Miro hacia un lado y otro de la calle,  en el ambiente no hay un solo indicio de que algo anormal haya ocurrido.

Me decidí. Hurgué con mi mano derecha en el bolsillo hasta encontrar mis llaves. Al intentar insertarla en la cerradura me percaté de que  caía de mi brazo un hilo de sangre que no había notado hasta este momento. Se me nubló la vista y se doblaron mis rodillas sin poder evitarlo, no tenía fuerzas. La fastidiosa música se iba diluyendo lentamente y pude ver desde el piso como Ana, la de la Pollera,  hablaba con sus proveedores de pollos, gesticulando, quizás exigiendo rebajas,   mientras algunos transeúntes se sumergían en las portadas de las revistas frente al kiosco, los vehículos pasaban raudos como siempre y yo moría, o ya había muerto y estaba simplemente desandando por el barrio.

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